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Creo que es indudable que actualmente estamos viviendo una fiebre retro en los videojuegos. En Steam encontraremos cientos y cientos de títulos con apariencia ochentera, se están continuamente haciendo remakes de grandes títulos del pasado -como los de las legendarias aventuras gráficas de Lucasarts- y, por si quedaba alguna duda, tenemos ya a la venta el nuevo ZX Spectrum Vega, con el que podremos jugar (vía emulación) a los más de diez mil juegos que tuvo el Spectrum original. También está en desarrollo un nuevo Commodore 64 con el que, de igual forma, podremos emular los juegos de aquella legendaria máquina.

Pero, ¿por qué está ocurriendo esto? ¿Cómo es posible que, bien entrado ya el siglo XXI y con la tecnología de la que disponemos actualmente, tengamos esta auténtica pasión por los productos de hace veinte y treinta años? Bueno, para bien o para mal yo estuve allí y pude vivir aquella época de primera mano, con todo lo que significó para nosotros en aquel momento. Por tanto y, por los recuerdos que tengo (a pesar de que siempre tendemos a recordar las cosas que nos gustaron mejor de lo que en realidad fueron), intentaré daros mi opinión sobre por qué pienso que se han puesto tan de moda los juegos retro.
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Los juegos eran difíciles y rejugables
Y eran muy cortos, no nos engañemos, pero recordemos que debían ceñirse a la escasa memoria que tenían nuestros antiguos ordenadores y consolas. Gracias a eso, los títulos que se nos mostraron tuvieron que adaptar su dificultad en un intento de aumentar su duración, convirtiéndose así muchas veces en un verdadero reto para nuestras habilidades, llegando incluso a rozar en ocasiones lo exasperante.

Por eso, cuando conseguías acabarte un juego tenías que volver a jugarlo de principio a fin, porque no estabas muy seguro de si lo habías terminado por tu destreza y perseverancia o, simplemente, por pura suerte.

Sea como fuere, la sensación de satisfacción que tenías al acabarlos era tremenda e inigualable. Sabías que habías logrado terminar algo realmente complicado, muy alejado a todo lo que nos venden hoy en día, productos que sabes acabarás finalizando más tarde o más temprano, pues están desarrollados -en su mayoría- para ser consumidos y desechados sin poner demasiado a prueba nuestra destreza.

Tal vez esa escasa duración y alto nivel de dificultad fuese también el secreto de unos juegos que nos otorgaban una diversión pura, primigenia, que activaba completamente ese sentido de superación que todos llevamos impreso en nuestro ADN y que podíamos saciar sin grandes alardes gracias a ese recién nacido fenómeno que eran los videojuegos.


Fueron los grandes pioneros en muchos sentidos
Esto es obvio y evidente, no habría ni que mencionarlo, claro, pero hay que hacerlo no sólo porque esos títulos nos muestran que todo lo que vemos ahora son productos basados en algo que ya se creó en los ochenta, sino porque al ver aquellos juegos podemos darnos perfecta cuenta de que, en su sencillez, se concentraba todo el espíritu de los videojuegos y que no hacían falta adornos adicionales para mantenernos pegados a nuestros televisores.

Desarrollemos un poco esto. Veréis, creo que desde siempre hemos intentado expresarnos de diversas y creativas formas para dar a conocer nuestras ideas, inquietudes, sensaciones o estados de ánimo pero, para ello y por norma general, usábamos instrumentos como la literatura, el cine, la música o la pintura, métodos todos ellos por los cuales podíamos entender al autor e imbuirnos en cierto modo de sus ideas, pero poco más allá de eso salvo que fuésemos diestros en alguna de estas artes.

Con los videojuegos nació de pronto otra forma de expresión mucho más cercana a cualquiera de nosotros por la cual no sólo podíamos ver u oír lo que el autor quería mostrarnos sino que, además, ahora podíamos interactuar con ello. Dejamos de ser espectadores para ser parte e incluso los protagonistas de aquellas obras. Podría decirse que nos convertimos en el Bastian de La historia interminable.

Pero, una vez más, tuvimos que enfrentarnos a la escasa capacidad de maniobra que tenían aquellos ordenadores y consolas. Había mucho que contar pero en un entorno bastante limitado. Creo que, por eso, todo cuanto se hacía y las historias que se contaban iban directas al grano, sin alardes u ornamentos que pudieran distraernos de lo que de verdad importaba, pues realmente no había sitio para ello. Y funcionó, vaya si lo hizo.

Por eso, cuando jugamos a algún título de antaño, es fácil darse cuenta de que todas las limitaciones existentes se convirtieron en virtudes y que se usaron en favor de poder darle al jugador un producto cercano, intuitivo, por el cual interesarse rápidamente y no aburrirse a los cinco minutos. Vaya, pensando en esto mientras escribo, parece que es justo lo contrario de lo que pasa ahora.


No es oro todo lo que reluce
Es cierto que hace dos o tres décadas pudimos ver muchas de las hoy consideradas auténticas leyendas de los videojuegos, pero ni por asomo los miles de títulos de aquella época fueron buenos. También había absolutas e infumables bazofias que, por desgracia, representaban un alto porcentaje del catálogo de cualquier plataforma.

Pero también hay que ser justos y decir que, en la mayoría de los casos, los programadores se esforzaban en hacernos llegar sus mejores obras, por malas que estas nos pudieran parecer. Aquella época fue lo que hoy denominaríamos como una etapa "indie absoluta", en donde se probaba fortuna con cualquier idea y en la que, al no haber grandes productoras y distribuidoras, eran precisamente los desarrolladores más talentosos y sus creaciones los que destacaban sobre los demás. Vamos, que no podías esconderte tras una gran compañía y un gran equipo. Eras bueno o no, así de simple.

Otro inconveniente que tuvimos fue la jugabilidad. Ahora ponemos el grito en el cielo si el cursor del ratón no responde a la velocidad que queremos pero, antaño, lidiábamos con los controles casi continuamente. Era otro factor muy importante a tener en cuenta a la hora de poder acabar nuestras fases y pasar nuestros niveles, que la respuesta de los controles no siempre era la mejor.

Por tanto, si veis un juego con aspecto retro y una jugabilidad magnífica en donde el personaje reacciona instantáneamente al movimiento de nuestros dedos, creedme, no es retro en absoluto. Distinguiréis los títulos retro reales y que sí disponían de unos buenos controles porque, aunque no lleguen a lo que tenemos hoy en día, sí que se perciben acordes a lo que se ofrece, la respuesta de reacción es más lenta pero siempre predecible, constante, y tampoco tienes la sensación de que una mejora en ellos pueda aumentar a su vez la calidad del juego. Sencillamente, su jugabilidad no chirría.
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Llegados a este punto, si analizamos los anteriores, creo que es fácil entender por qué los juegos retro están de moda. Eran genuínos, difíciles y directos, sin añadidos adicionales que los desviasen de su verdadero propósito, el cual era simple y llanamente entretener. Además, sentías que los desarrolladores intentaban poner en ellos todo cuanto sabían y podían. Se desvivían por plasmar sus ideas en el poco espacio que ofrecían las máquinas de hace treinta años. El jugador no es tonto y se da perfecta cuenta de esas cosas.

Creo que en unos tiempos en los que se nos ofrecen juegos incompletos, refritos a cada cual peor y remasterizaciones variadas, el jugador de a pie siente que ha dejado de ser Bastian, el protagonista de los videojuegos, crítico, juez y usuario final para pasar a ser un número en las listas de ventas de las grandes compañías.

No es de extrañar, por tanto, que busquemos en el origen de la industria lo que no se nos está ofreciendo ahora, aquella diversión sencilla y visceral que estaba diseñada por gente con ganas de demostrar su valía y que, sobre todo, se sentía orgullosa de sus creaciones y de poder entretenernos, no de cobrarnos.


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