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Llevaba tiempo queriendo hablar de este tema aunque no tenía muy claro cuándo hacerlo. Sin embargo, el reciente anuncio hace escasos días por parte de Microsoft de que no piensan doblar al castellano su juego exclusivo de Xbox One, Quantum Break, me ha dado por fin pie a ello. Como sabréis (y si no ya os lo cuento yo) este tema ha levantado una polvareda enorme entre los usuarios españoles ya que el juego sí que va a ser localizado por ejemplo al portugués.

Veréis, como español tiendo a pensar que somos los mejores del universo y me suelen resbalar las críticas que los demás países hacen sobre nosotros básicamente porque, mientras no descubran la siesta y el jamón de bellota, para mí serán siempre una panda de amargados que se escudan en cómo hacen las cosas o mueven el mundo mientras, en secreto, adoran nuestra forma de vida y vienen a jubilarse a nuestras playas. Pero tengo que admitir que hay dos cositas que, tal vez, sí deberíamos considerar los españoles para estar un poco más a la altura internacionalmente. Una es la ley francesa que obliga a traducir los videojuegos. La otra es la ley japonesa que obliga a las mujeres con minifalda a no llevar bragas.

¿Pero qué estoy diciendo? ¿Por qué esas dos leyes? ¿En qué se parece una ley a priori defensiva culturalmente con una absurda y estúpida ley sexista?
Pues se parecen en que ambas son falsas, solo que la segunda es una invención mía de hace algunos años con la esperanza de que se haga tan ridículamente famosa como la primera. De verdad que, con el paso del tiempo, me gustaría descojonarme tanto con mi invención como el personaje que empezó a soltar la barbaridad de las traducciones francesas obligatorias.

En Francia lo que existe es la Ley Toubon, la cual obliga a traducir al francés textos gubernamentales, contratos, manuales de instrucciones, prospectos, material escolar y, en definitiva, todas esas cosas que son realmente necesarias traducir para el desarrollo normal del día a día en aquel país. Algo que, por cierto, existe de forma similar en la mayoría de países, España incluída.
Si los juegos se traducen al francés es porque en Francia (aparte de tener quince de millones de habitantes más que nosotros) el mercado es mucho mayor que el nuestro y porque en Bélgica hablan francés, en Luxemburgo hablan francés y en gran parte de Canadá hablan francés. Países todos ellos del llamado "primer mundo" con un poder adquisitivo muy alto y en donde el mercado del videojuego está muy extendido.

Y diréis que nosotros somos quinientos millones de hispanohablantes, que los secamos en cuanto a idioma se refiere. Cierto, pero en América Latina este poder adquisitivo no existe, el mercado del videojuego apenas llega a sus países y, para colmo, tienen que importar los productos a precios abusivos. Las compañías no cuentan con ese mercado (ni se molestan en llevar sus juegos, vaya) y eso nos limita casi exclusivamente a España, quienes también andamos en la cuerda floja ya que tenemos fama de piratas y razón no les falta. Recordemos que en los años ochenta hundimos a nuestras propias compañías (que eran punteras en el sector) porque preferíamos gastarnos quinientas pesetas en una cinta de cassette virgen en donde copiar los videojuegos antes que comprarlos por ochocientas setenta y cinco. Lo que serían hoy en día cinco euros. Patético. Por no hablar de la época de la Playstation y sus famosos chips.

Pero si dejamos a un lado la piratería y miramos el mercado actual resulta que el usuario medio dice que su motivo para no comprar un juego es porque no está en castellano. Y aquí entra en escena la mítica y legendaria pescadilla que se muerde la cola; no compramos porque no traducen y no traducen porque no compramos.

En resumen: en España cuando queremos defender algo lo hacemos usando la ley japonesa de las bragas o, lo que es lo mismo, que lo hacemos inventándonos las cosas.

Eso en cuanto a traducciones. Si hablamos de doblajes somos todavía más cutres, si es que eso es posible.
El doblaje en videojuegos no se realiza frente a una pantalla en donde los actores ven lo que está ocurriendo. Les dan un texto, les dicen lo que está pasando, la entonación con la que deben decir las frases y ahí se las apañen. Y me refiero a los actores originales. A los demás países nos mandan esos doblajes originales y los dobladores al menos cuentan con esa pequeña base en inglés para poder guiarse.
Y, sin embargo, algunos tienen los santos huevos la valentía de decir que prefieren las voces en inglés (sin tan quisiera entender el idioma) porque el doblaje en castellano es malo. Una vez más usamos la ley japonesa de las bragas para defender nuestros ideales. Nos inventamos las cosas.

Los que llevamos ya décadas (qué triste suena) entre máquinas recreativas, consolas de ocho bits en adelante y PCs (aquí sobre todo con los los juegos MMORPG) estamos cansados de pelearnos por esto de las traducciones y el doblaje. Pero como éramos una minoría friki no se nos ha hecho ni caso. Ahora como se venden tantas consolas y es lo que está de moda pues se ha puesto el grito en el cielo. Ahora sí, antes no.

Sobre el tema del Quantum Break -que recordemos sólo saldrá para Xbox One- hay que decir que en Brasil se vende muy bien esta consola, América Latina prefiere también la Xbox One y aquí, en España, se la ha menospreciado totalmente realizando incluso una descarada y más que agresiva campaña a favor de Sony y la Playstation 4, llegando incluso al falseo de información o a actuaciones tan patéticas como la protagonizada por uno de los redactores jefe de la revista Hobby Consolas, el cual tuvo también los santos huevos la valentía (¿será uno de los que prefieren las voces en inglés?) de sortear unos auriculares de Playstation 4 en el Xbox Fest del año pasado.

¿Y de verdad queremos que Microsoft nos doble un juego con la situación tan esperpéntica que vivimos en España? ¡Anda y que nos den morcilla! ¡Merecido lo tenemos!

Los españoles somos asín. En vez de comprar videojuegos, demostrar que queremos ser un mercado fuerte, luchar por nuestro idioma y defender a la industria por igual seguiremos haciéndonos las víctimas, pensando que hay un complot contra nosotros, contra nuestra lengua y usando la ley japonesa de las bragas para salir así al paso de las situaciones y hablar de lo que no sabemos. Muy típico nuestro.
Pero, ¡hey! ¡Tenemos la siesta y los demás adoran en secreto nuestra forma de vida!

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