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Así que pensabais que ya os habían contado todas las batallitas "retro" posibles sobre videojuegos, ¿verdad? Pues mira, no. Aún os faltaba algo. Un pasado ya harto olvidado que sólo unos pocos seres humanos pueden ahora recordar. Pero en vez de contaros eso creo que mejor voy a avanzar hasta más o menos el año 1.982,  momento en el que toda una generación dejamos de jugar al Imperio Cobra y abrazamos una nueva forma de entretenimiento que se hizo inmensamente popular nada más aparecer. Me estoy refiriendo a las "Game & Watch" o, como todos las llamábamos entonces, las maquinitas.

imperiocobra  Estas maquinitas creadas por Nintendo (quién sino) se basaban en la misma tecnología que tienen los relojes digitales, usando imágenes predefinidas en una pantalla LCD que se iban iluminando según lo necesitase el videojuego. Algo que ahora os parecerá más simple que el mecanismo de un chupete pero que en aquel entonces supuso un salto enorme en lo que que a entretenimiento digital doméstico se refería. Tened en cuenta que sólo algunos contados videojuegos (como el Pong) venían integrados en un puñado de televisores, las pocas recreativas que había obviamente no eran domésticas y las primitivas videoconsolas existentes eran caras y no demasiado buenas. En España pasaron prácticamente desapercibidas hasta la salida de la generación de la Nintendo NES y la Sega Master System.

Con lo cual estos aparatos, cuyos precios oscilaban generalmente entre las tres mil quinientas y cinco mil pesetas de la época (entre veinte y treinta euros de ahora), se convirtieron al instante en el juguete que todo niño que se preciase de serlo debía tener. Recuerdo que hubo una etapa en la que era raro ir al colegio y no ver a alguien con una maquinita en la mano. Además era muy normal que las intercambiásemos unos días (¡qué bella era la inocencia infantil!) para así poder disfrutar de las distintas versiones y juegos que había (creo que llegaron a salir hasta cincuenta o sesenta modelos). Ahora un entendido te dirá que si estaban las Silver, las Gold, las Wide Screen... pues perdona pero no. Los que teníamos siete u ocho años en aquella época no teníamos ni puta idea de qué categorías había o de cómo coño se pronunciaba "Game & Watch". Para nosotros estaba  la máquina del mono, la máquina del pulpo y la máquina del negro.



- ¿Tú qué maquinita tienes?
- Yo tengo la del mono.
- ¿De cuál mono? Porque hay tres.
- El de las lianas.
- ¡Halaaaaa! ¿Me la dejas y yo te dejo la del pulpo?

De esta forma, señores, era cómo los niños de aquel entonces diferenciábamos nuestras maquinitas y hacíamos nuestros trapicheos con ellas. Que no os engañen con tecnicismos baratos.
maquinitasPorque, además, para nosotros lo que en realidad había eran maquinitas de dos botones, de muchos botones o de dos pantallas. Esto era muy sencillo; si tenían dos botones podías moverte con ellos de izquierda a derecha, si tenían cuatro podías moverte también arriba y abajo y si tenían cinco botones podías ya incluso saltar (¡guaaaaauuu!). Pero las que partían el bacalao eran naturalmente las de doble pantalla y cruceta, las caras, las de siete mil pesetas, las que sólo podíamos conseguir en navidades. Esas que usábamos para extorsionar al resto del personal infantil e intentar prestarlas a cambio de dos normales. A ver si os habéis pensado que por ser niños éramos gilipollas. Bueno, la verdad es que a mí ese ardid pocas veces me funcionó. De modo que, sí, algunos éramos gilipollas.

Por lo demás los videojuegos que tenían eran muy sencillos. La gran mayoría consistían en mover de un lado a otro al personaje principal esquivando objetos o bien atrapándolos. Por ejemplo, la máquina de Popeye (la primera que tuve y la cual aún conservo) consistía en lograr que el famoso marinero no dejase caer al agua ninguno de los objetos que le tiraba Olivia intentando además evitar los golpes de Brutus cuando te acercabas a su zona. Ni que decir tiene que las máquinas del mono no eran ni más ni menos que distintas versiones del Donkey Kong. En casi todas las maquinitas iba aumentando la velocidad a medida que jugabas añadiendo de esa forma más dificultad al asunto. Tenían también unos botones para cambiar entre el juego A y el B, o lo que vendrían a ser el modo normal y el modo difícil con alguna ligera variante entre ellos (aparte de la velocidad) como por ejemplo algún enemigo añadido o el lugar por dónde aparecían los bichos.

Y como bien dice el nombre tenían también un reloj el cual solía estar en alguna de las esquinas de la pantalla y era una mierda porque, con ese sistema LCD, en cuanto te separabas la maquinita de la cara ya no se veía nada. Y naturalmente cuando estabas jugando el reloj se desactivaba. Así que era una característica un poco cutre, la verdad, pero tampoco molestaba. Fueron unos tiempos muy confusos... Nintento vendía videojuegos con reloj y Casio vendía relojes con videojuegos. ¡No es broma! Además también estuvieron muy de moda. ¡Ya entonces había guerra de consolas! ¡Pero qué os pensábais! Yo tuve ambas cosas y he de decir que las Nintendo ganaban de calle pues obviamente la jugabilidad era mucho mejor mientras que los relojes Casio se quedaban en seguida sin pilas y jugar con aquellos botoncitos tan pequeños era un suplicio incluso para un niño.
marioNo obstante, la pasión por estas incomprendidas maquinitas no se alargó más allá de un par de años. Las recreativas habían despegado definitivamente (de hecho Nintendo sacó una última generación de Game & Watch emulando la forma de las recreativas, aunque fue un poco fiasco, la verdad) y además fue cuando hicieron su aparición en escena los verdaderos pesos pesados del entretenimiento de los ochenta: los ordenadores y las consolas de 8 bits. Ambas plataformas acabaron relegando a las entrañables máquinas del mono a un frío y oscuro cajón. Pero su corta vida fue satisfactoria. Hicieron disfrutar a muchísimos niños y yo desde luego me lo pasé en grande con ellas. Me cabreaba muchísimo cuando perdía la partida pero también recuerdo que, cuando se acababan las pilas y mientras me traían unas nuevas, intentaba emular con otros juguetes las partidas que jugaba en las maquinitas. Con eso os digo la influencia que llegaron a tener al menos en mí. Me parece que tras escribir todo esto voy a ver si encuentro mi vieja máquina de Popeye y le puedo poner pilas nuevas.

 

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