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Corría el año 1997. Tenía veintidós años y recuerdo que terminé el servicio militar obligatorio un año antes (¡entonces lo había!). Te mandaban la carta para presentarte a los dieciocho pero yo lo retrasé un par de años alegando estudios (de catador de bebidas alcoholicas en los bares) y lo empecé a los veinte. Aunque ya tenía trabajo y una pequeña cuenta bancaria, seguía viviendo con mis padres, lo cual significa que ellos eran los que se encargaban de casi todos los gastos que había en la casa. Toda esta historia parece irrelevante (ZzZzzzZz) pero os aseguro que es necesaria para lo que quiero comentaros.

 

La cuestión es que yo era muy fan de la saga Ultima desde que la conocí con The False Prophet. Internet estaba por aquel entonces en pañales (lo máximo que hacíamos era usar el chat IRC y visitar páginas webs con enormes gifs animados) y no era tan fácil como ahora informarse de las novedades. De modo que fue un amigo del colegio quien me invitó a su casa y me enseñó un videojuego que cambiaría mi vida para siempre: Ultima Online.

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La primera impresión que me dio fue que se trataba de una especie de Ultima VII pero mejorado, con unos gráficos que ya podíamos poner incluso a una resolución de 1024x768 pixeles (los anteriores no superaban los 320x200) y cuya principal característica era que para poder jugarlo tenías que conectarte a Internet por narices, pues la gracia consistía en convivir, cooperar y competir contra otros jugadores. Ya por aquel entonces había juegos para jugar en red, como por ejemplo el Quake, pero Ultima Online iba más allá y te permitía hacerlo con gente de todo el mundo. ¡Dios! Aquello tenía que ser mío costase lo costase. Mi vida no ya tendría más sentido si no conseguía hacerme con él.

Y he aquí cuando viene a cuento el rollo que os he soltado al principio. Dile a tu padre que necesitas su tarjeta de crédito para poner su número en Internet y así comprar un videojuego que no sabes exactamente cuánto costará en pesetas (ni el euro teníamos) porque te lo envían desde Estados Unidos. Una vez superado el trauma inicial, explícale que también necesitas su tarjeta para poder pagar unas pequeñas cuotas mensuales de una docena de dólares que serán necesarias para jugar y que claro, tú te comprometes a dárselo en efectivo religiosamente todos los meses. Y si pensáis que todo eso podría haber sido complicadillo de conseguir en aquel momento, es cuando aparece entonces la parte de la historia que muy hábilmente te has preocupado en ocultar; que para jugar necesitas conexión a Internet cuando, en esos días, no había líneas de alta velocidad ni tarifas planas y conectarse costaba unas sesenta pesetas la hora. Ya os podréis imaginar las broncas por las factura de teléfono.

Una vez superados los obstáculos, me llega por fín el videojuego en un CD con un pequeño manual, un precioso mapa de tela y un pin con el logotipo de Ultima Online, todo ello dentro una bonita caja de cartón. Luego estas cajas acaban destrozadas por el uso y el paso del tiempo (ya empiezo a entender por qué ahora se usan estuches de plástico), pero lo cierto es que molaba mucho más que los videojuegos viniesen en ellas. Tengo que hacer un pequeño inciso aquí y comentar que, en esos momentos, al no haber buenas conexiones a Internet, las actualizaciones eran pequeñas pero muy constantes y cuando hacían cambios muy grandes, como fue en el caso con las expansiones/actualizaciones de Renaissance y Third Dawn, no todo el mundo podía descargarlas, de modo que enviabas un e-mail y ellos te hacían llegar un CD por correo con la actualización sin coste alguno. Eso sí que que era un servicio de atención al cliente en toda regla. Actualmente parece que todavía tienes que darles las gracias porque te dejen pagar sus cuotas.
ultimaonline3Pero metámonos en faena y hablemos ya del juego. Recuerdo que mi primera semana con él fue impactante. De repente te encontrabas ahí solo, rodeado de cientos de personajes hablando en inglés cada uno controlado por una persona que podría estar en cualquier parte del mundo. Creo que fue en ese momento cuando me dí cuenta de lo pequeño que era y de repente me sentí un ciudadano del mundo, pues tenía el privilegio de interaccionar con otras personas del planeta a tiempo real, algo a lo que no todo el mundo tenía acceso en aquel momento. Aunque no todo era bonito. Aparte del inevitable lag que muchas veces había gracias a esos maravillosos modems de mierda con la mareante velocidad de 14,4kbps, en esos días tenía el lastre del idioma. Mi inglés se reducía al que aprendí en el colegio, en el instituto y poco más. Siempre recordaré un día en el que se me acercó un jugador que quería comprarme una mula de carga que yo había domado dentro del juego (la mítica burra Lola) y sólo se le ocurrió preguntarme que cómo podría hacer para ponerle al animal el equipo de carga. Creo que tuve al pobre individuo esperando más de media hora soltándole palabras sueltas y mal escritas en inglés mientras miraba desesperado el diccionario VOX para poder entrelazar alguna frase. Porque además tampoco había diccionarios online. Ese tío era un puñetero santo. Esto me hizo comprender que no llegaría muy lejos en ese mundillo sin el idioma de Shakespeare y, desde entonces, me leía todo lo que decían en el chat e intentaba decir de vez en cuando algo. Al final conseguí defenderme y he de decir que aprendí a entender perfectamente el inglés escrito nada más verlo gracias a los juegos online. Para que luego digan que los videojuegos no sirven para nada.

Cuando el idioma ya no te suponía un problema tan grande, era entonces cuando realmente ya hacías tu vida en el juego. Porque prácticamente era eso, una vida paralela en donde la supervivencia estaba a la orden del día. Los PK o Player Killers eran fundamentalmente el mayor problema. Eran jugadores que basaban su estilo de juego en matar y saquear al personal. Y como el juego tenía un sistema por el cual el crimen se penalizaba añadiendo recompensas de oro por tu cabeza, pues había jugadores que no se podían ni acercar a las ciudades debido a las cantidades millonarias que valía su cibernético pescuezo. De modo que el buen PK, el de verdad, era extremadamente bueno, nunca jugaba solo y era complicadísimo ya no matarlo, sino dar con él. Había que ser muy profesional para poder hacerlo y fue cuando nacieron los PRO, los cazadores de PK. Como véis, el nombre se ha desvirtuado hasta tal punto que ahora a cualquiera que haya juguado al Counter Strike se le llama PRO. Realmente en ese juego fue en donde se empezó a usar más cotidianamente el término PRO pero la realidad es que nacieron en Ultima Online. Además, recuerdo que en mi servidor (que era Catskills, aunque cuando aparecieron los servidores europeos me fui a Drachenfels) había una especie de código de honor no escrito que incluso el buen PK respetaba y es que no se podía atacar a la gente que estaba en las minas adquiriendo mineral, básicamente porque no tenían a dónde huir o posibilidad de defenderse. Cuando alguien lo hacía, en seguida sabías que ese tipejo era en realidad un novato con ganas de dar por culo, no un PK. Se daba la alarma y siempre se reunía algún grupito de jugadores para lincharlo.
ultimaonline1Eran otros tiempos, sin duda. También es cierto que fue el primer MMORPG (no hubo ningún otro hasta que salió Everquest en el año 1999) y éramos cuatro gatos. Los servidores no aguantaban a tanta gente como ahora y era mucho más fácil respetar estos códigos de honor. Recuerdo, por ejemplo, que en el juego yo iba todos los días en pelotas a talar árboles (para así poder cargar más peso) y todos los días me mataban los mismos PK. Hasta que un día me hablaron y me dijeron que bueno, lo hacían porque era su estilo de juego y que me proponían un trato; yo les daba parte de lo que talaba para que ellos pudiesen hacer sus flechas y ellos no me atacarían más, incluso cuidarían de mí cuando me viesen para que pudiese talar en paz. Acepté sin dudarlo y nunca me volvieron a atacar. Cumplieron su palabra. Un día me asaltó un oso mientras talaba y, cuando ya me veía muerto, apareció uno de los PK de entre los árboles (os juro que ni sabía que estaba ahí) y le pegó al pobre oso una de las mayores somanta de hostias que he podido yo ver pegarle a un pobre NPC. Aquella época fue realmente maravillosa en cuanto a conducta del jugador se refiere. Jamás he vuelto a ver ese sentido del honor que vi en Ultima Online, al menos en mi servidor.

Pero el combate era sólo una mínima parte. Además de los ya clásicos artesanos que fabricaban todo tipo de objetos (hasta muebles para las casas) y que incluso tenían sus propias tiendas y vendedores, el jugador se inventaba negocios de lo más variopintos. Había quien te llevaba en barco de una isla a otra, los que ofrecían viajes rápidos a través de portales para grupos, domadores, mercenarios, buscadores de tesoros... Mi negocio más próspero fue el de marcador de runas. Se usaban runas para viajar mágicamente a otros lugares y lo que estaba de moda era venderlas en libros que las contenían. Esos libros eran caros y casi siempre la gente los creaba usando las runas más típicas (ciudades, mazmorras, etc), de modo que si te faltaba la runa de un lugar en concreto te podía costar muchísimo encontrar un libro que la contuviese, haciendo además que pagases el precio total del libro por una sola runa. Lo que yo hice fue cobrar por runas específicas. Si te faltaba una en particular, yo iba mágicamente al lugar, la marcaba y te la vendía, variando el precio dependiendo de si el lugar era más o menos alejado o peligroso. El negocio fue tan bien acogido que a la semana ya tuve un montón de competencia y prácticamente en un mes dejó de resultarme rentable debido a la cantidad de gente que hacía lo mismo.  Pero sólo en el transcurso de esos días me hice muy rico.


Un día, incomprensiblemente, se filtró el código del juego por la red. Comenzaron a crearse cientos de servidores piratas y miles de addons que no hacían sino ensuciar la experiencia de juego, ya que en su mayoría ofrecían ventajas notables a unos jugadores frente a otros y al final ya no podías jugar en igualdad de condiciones que los demás si no los usabas. Se fue todo a la mierda y, tras casi cinco años en Ultima Online, finalmente tuve que irme no ya por aburrimiento, sino porque me costaba mucho jugar con esas desigualdades y porque además vi como ese famoso código de honor había desaparecido por completo. Es el precio de la fama, supongo, que incluso los videojuegos lo pagan.

ultimaonline4 Lo cierto es que echo mucho de menos aquellos días. No tanto por la monstruosidad que fue el juego (a día de hoy ningún otro MMORPG ha conseguido igualarlo en lo que a contenido y posibilidades se refiere) sino porque éramos los pioneros de un género nuevo, enorme, algo nunca antes visto y en donde cada paso que dábamos era un descubrimiento que nos llenaba de asombro y alegría. Además, aunque el juego me costó mucho telefónicamente hablando, lo cierto es que no me arrepiento de nada pues, en cierto modo, te hacía sentir como que pertenecías a una especie de club elitista o algo así. No sabría explicarlo. Por no hablar de toda la gente a la que conocí y todo el inglés que aprendí. Sólo espero que llegue el día en que un videojuego pueda sorprenderme tanto y vuelva a cambiar tanto mi forma de ver las cosas como lo hizo el inimitable Ultima Online.


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